~ Mila y las dificultades de la introspección ~
A mi madre. Por su inigualable fuerza interior, por su abnegación y sacrificios por el bienestar de su familia, y su profundo amor a sus hijos.
No imagino un mundo sin ti, eres la mejor, te amo infinitamente.
[[La infancia no va de una edad concreta a otra.
El niño crece y abandona los infantilismos.
La infancia es el reino donde nadie muere.
- Edna St. Vicent Millary]]
.Introducción
Mila tiene 26 años, es profesora de párvulo interesada en la ayuda social, trabaja en escuelas públicas, sueña con irse a trabajar a alguna escuelita rural en algún pueblo recóndito de la novena región, en donde pueda tener una cabaña tranquila con un par de animales.
Mila lleva dos años trabajando como profesora de párvulo, y aunque ama profundamente su trabajo, éste no le da el sustento necesario para tener una vida cómoda pero sencilla, al menos no en Santiago; ella piensa: “Hacer el amor es amar lo que haces, no importa dónde estés ni lo que hagas”.
Mila sueña y desea, ella quiere cambios, ella tiene un plan y comete.
Capítulo veinti………. algo.
El ínfimo tic tac del reloj hacía meollo en sus oídos, aún no era de día y el dolor de cabeza a causa de los tragos que había bebido esa noche palpitaban en su cerebro, o al menos así lo sentía ella, el olor a cigarro revoloteaba por toda la habitación al haberse impregnado en su ropa por culpa de sucucho hermético en el que había pasado la noche con sus amigas.
Llevas una semana así -pensé para mí misma.
¿Cómo es que a los 26 años de un día para otro, por culpa del accidente de la casualidad y un absurdo rechazo amoroso me he visto en la obligación de encontrar distracción de esta manera?.
-Mila, despierta, tienes que ir a dar la prueba del curso de manejo, recuerda que ésta es tu última oportunidad, y por favor dúchate antes de salir, o probablemente esta vez la repruebes sólo por tener pinta de desastre público –Decía Cristina, mi madre, al otro lado de la puerta de mi habitación al momento que prendía la aspiradora con la intención de sacar a su holgazana hija de la cama.
Pensé - ¿Porqué tengo que sacar esa maldita licencia de conducir?. Ni siquiera me gusta manejar, es aburrido, inseguro, la gente está cada día más loca, agresiva y con menos tolerancia que nunca, si conduzco a uno por hora como se me apetece a mí, es probable que el único accidente que tenga sea porque un taxista furioso por mi lentitud me arroje su vehículo encima.
- ¡Ya voy, mamá! - Grité.
Atravesé corriendo el pasillo para llegar el baño pero fui descubierta.. - !No andes a pies pelados! -Gritaba Cristina desde el comedor.
Es increíble como mi madre con cada año que pasa se pone más maniática con la limpieza, el año pasado le molestaban las huellas dactilares marcadas en el ventanal que da al patio, ahora le molestan las huellas de los pies desnudos que quedan en el piso flotante…